La noche como territorio:
PALABRAS EN CAÍDA LIBRE DE PABLO ALDACO
Por Ramón Cuéllar Márquez
Pablo Aldaco siempre está explorando con la palabra como escudo y como espada. Desde la música, como cantante y compositor, siempre logra atraer con sus letras, pero con su poesía establece su reino de significaciones ante sus lectores.
Además, es un gran conversador que nos ofrece siempre la oportunidad de escucharlo desde sus idearios, sus sentidos amplios del instante en la realidad.
A él le interesa y le gusta la realidad, aunque esta esté a veces revestida de la oscuridad en tiempos terribles. Pero justamente por eso es poeta, porque puede viajar entre las tinieblas y apuntar con su linterna a quienes caminan a ciegas.
Él ha escrito un nuevo libro, “Palabras en caída libre”, que bien nos evoca el precipicio al que los vates se exponen cuando se lanzan a la nada en busca de claridad, de luz, pero sobre todo de precisiones estéticas o de poesía que cabalgue hacia el llano de nuestros pensamientos.
Los aforismos —poesía en realidad— presentados en este su libro construyen una visión del mundo donde el ciclo día-noche deja de ser un fenómeno natural para transformarse en un entramado simbólico de la experiencia humana.
No se trata solo de luz y oscuridad, no, sino de modos de habitar en esa realidad a veces tan elusiva: uno regido por la exposición, la actividad y cierta superficialidad que nos agobia en la vida diaria, y otro por la introspección, el riesgo y la creación poéticas.
En ese sendero, la voz poética no observa desde afuera, sino que participa, se inclina y toma partido con nosotros. El día aparece en varios momentos como un espacio de desgaste o de límite. Vaya, pues, no es negado, sí relativizado.
La idea de que “no solo se funciona de día” introduce una crítica a la lógica utilitaria que privilegia lo visible, lo productivo y lo socialmente validado.
Frente a ello, la noche se erige como un territorio alterno: más libre, pero también más exigente. No es un refugio romántico sin tensiones; al contrario, impone reglas rigurosas y demanda una forma distinta de atención.
En esta poética aldaquiana, la noche no es pasividad, sino intensidad, es el momento en que emergen las musas, donde el pensamiento se afina y la sensibilidad se vuelve más aguda porque es capaz de quitar las telarañas de la vieja casona de la eternidad.
El poeta aparece entonces como una figura liminal: alguien que habita cuando los demás duermen, que crea en el margen, protegido, también expuesto por las sombras. La imagen no es nueva en la tradición literaria, pero aquí adquiere una tonalidad particular al combinarse con elementos más instintivos: la fiera, el cuervo, el vampiro.
Lo nocturno no es solo intelectual, es también corporal, casi animal. Esta dimensión instintiva introduce un matiz importante: la noche no solo libera, también confronta. El sujeto que vaga libremente corre el riesgo de despertar sombras, y termina por reconocer que no hay enemigos externos, sino proyecciones de sí mismo.
Así, la oscuridad funciona como un espejo radical, pues nos deslumbra con su manto nocturno. Lo que en el día puede diluirse en la distracción o la rutina, en la noche se vuelve nítido, incluso incómodo. De ahí que el insomnio sea descrito como piel de fiera: no descanso, sino estado de alerta.
Sin embargo, la oposición no es absoluta. El amanecer irrumpe como una fuerza que restablece el orden, que determina la supervivencia. La noche, por intensa que sea, no puede sostenerse indefinidamente porque siempre hay un amanecer, pero no olvidemos que la luz es hija de la oscuridad.
De ese modo, introduce al amante de la noche que contempla el día no como redención, sino como una especie de pérdida. El regreso a la luz implica abandonar un espacio de autenticidad, aunque también signifique volver a lo habitable.
Estos aforismos de Pablo Aldaco, en conjunto, delinean una ética implícita: aceptar la noche no como evasión, sino como parte necesaria de la experiencia humana que busca el sentido en el instante.
Cobrar, digamos “amistad”, implica asumir sus riesgos y aprovechar sus posibilidades, como escribir, pensar, crear, cantar. La luz, por su parte, no desaparece, sino que se redefine.
No es solo el sol diurno, sino una capacidad interna, que brille lo que se mira. Con ello, la dicotomía se desplaza del exterior al sujeto, el mundo se vuelve uno mismo. Así, más que una simple colección de imágenes, el libro propone una forma de estar en el mundo.
La noche deja de ser ausencia de luz para convertirse en un espacio de revelación, donde lo humano se muestra en su dimensión más compleja: creadora, temerosa, lúcida y, sobre todo, consciente de sus propias sombras.







