Hay cosas en la vida que no se pueden cambiar porque son inherentes a nuestra condición humana y biológica. Nuestra naturaleza no está hecha para el ritmo que el mundo hoy demanda. De entre tantas cosas, pienso por ejemplo en el beso: para besar de verdad, hay que tomarse su tiempo.
Nací en una ciudad semidesértica, donde las temperaturas en verano alcanzan los cuarenta y cinco grados centígrados. Todo un reto para cualquier mortal… más aún para un niño.
Siempre me gustó exponerme al sol en las horas críticas, cuando los adultos aconsejaban no hacerlo. Por ignorancia inocente, yo salía alegre, sin respingar. Caminaba por las calles ardientes de la colonia de mi ciudad natal, Hermosillo. La colonia se llama Los Portales.
Así, con esos cuarenta y cinco grados, sin importarme nada de la vida, dejando que los rayos del sol quemaran suavemente mi cabello, me dirigía a ver a mi mejor amigo.
Me abría la puerta su mamá, y luego él se acercaba y me decía:
—Ahora no puedo salir. Saldré hasta que baje el sol.







