La vida se incendia y el incendio permanece con sus fuegos
y sus lumbres permanecen quedas, como hechizos del clamor de la tarde
He puesto mis ojos en la ausencia; me he trasladado a la otredad
¿Lo ves?: ¡tierra a la vista!, vocifera ronco el Redentor
Carmela, permitirme deciros a la semejanza de tu nombre dulce: ¡no fui yo quien en tu tumba puso flores de agrio olor!, ¡tampoco quien declamó a tus oires el poema, el cántico de la innobleza y la sátira burlesca! Apenas he sido el cantor de los Mil Cantos y han de faltarme de cantidades más para avanzar al dígito de la Promesa: rojo crepitante, lumbre que incendia.
Me buscará la soledad con sus cantos, para situarme en la burla siniestra que guarda los escombros del placer.
juan pablo, sentí en tu escrito cierto aroma a rimbaud.
ResponderEliminaryo también escribo; me he consagrado al cuento. y también acudo a diversos encuentros literarios dentro del país.
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