El Sol

lunes, agosto 04, 2014

Amor de viaje


Yo tenía una novia a los 17. Le decían "asaltacunas", porque tenía 23, y a mí "saltacunas". Se llamaba Enia y deseo que aún así se llame.

La conocí en la Ciudad de México, por rumbos que ya no recuerdo. Iba con un noviecillo muy formal, de corbata y de saco. Supongo, de esos que duermen muy temprano para, con el pie derecho, levantarse e irse a la oficina.

De pronto, mientras leía poemas de mi libro, noté que aquella mujer de ojos verdes me miraba. Fue la telepatía lo que pudo habernos unido.

Su mirada de noble gata, pero al final felina, arrojaba mis versos a un lugar muy particular, que nada tiene que ver con la elocuencia. !Cuál poesía!

La cosa es que, tras una crisis de adolescente, me largué unos días a Guadalajara. Me embarqué en un avión, sin compañía, sin demasiada preocupación y con mis ojos perdidos en un horizonte incierto.

Ahora recuerdo que antes de partir, vi a mi abuela materna por última vez. Ella estaba en la ducha, entreabrí la puerta y me dijo: "Que te vaya bien, mijito!". Nunca imaginé que no la volvería a ver.

Un amigo me recibió en el aeropuerto, para después ir a su casa. Una casa de estudiante, situada cerca del parque Agua Azul, en Guadalajara .

Él estaba muy concentrado en sus estudios y yo sólo quería aventurarme, recoger historias, entablar conversaciones, deshacerme de ese desvarío de la juventud temprana. Yo sólo quería beber, beber y beber. Escribir versos, ripios, cuentos, cantar, tomarle sabor a la vida. Él sólo quería estudiar, y estaba en su deber. Me sentí solo y de sobra.

Le di una bofetada el día en que me hastié de su indiferencia. Después, corrí despavorido y abordé uno de esos buses que van de Agua Azul al Centro de Guadalajara.

Para no sentirme tan solo, me mantuve en contacto con aquella chica vía internet. Las conversaciones iban subiendo de frío a templado, de templado a caliente. Hasta que decidimos vernos en Guadalajara poniendo, de antemano, hora, día y lugar.

No había nada más que una guitarra esperándome cada mañana y el guiño de una recepcionista llamada Eutimia. Me hospedé en un hotel barato, con una digna ventana que daba a la calle.

El dinero, de poco en poco,  iba acabándose y del amanecer a la tarde, me dedicaba a cantar en las distintas plazas que rodean el Centro de la ciudad. Plaza Guadalajara, Plaza de la Liberación, Plaza de Armas. Yo era un peatón sin rumbo, en espera de una mujer.

Horas antes de su llegada, el pulso de mi corazón adolescente se iba transformando de líquido a fuego. Y ahí estaba la pelirroja, cansada, pero con un aire de satisfacción y lentes oscuros, en el Sanborns de la Av. 16 de Septiembre, tomando un café, un poco despeinada. Nos saludamos con un beso en los labios.

Después de algunos cafés, tomados de la mano y haciendo realidad un sueño, salimos a buscar una habitación.

El hotel despedía cierto aire de romanticismo colonial. Madera, luz tenue y  el clásico letrero de no fumar. En la puerta, el de "no molestar".

Lo primero que hizo la chica fue ir a la ducha. Después de tantas horas de camino, un baño no le venía mal. No puso seguro a la puerta. Aproveché y la sorprendí con la piel en que nació. !Cómo te atreves!, dijo y sonrió. Pero en ella no había vergüenza.

La cama rebotaba todas las noches, como si se tratara de un ring en una pelea estelar. La fuerza de una muñeca de veinticinco, contra la de un novato y calenturiento trovador. Nunca importaron sus días, ni sus lunas.

La guerra siguió y después de algunas cervezas, parranda y visitas guiadas, nos largamos a Tuxpan, Veracruz. Por la rambla del río del mismo nombre caminamos.

Nuestra habitación olía a hierba de marca María, y !por suerte aún no me gustaba el tabaco!

Ella trabajaba de mesera y yo de vago. No parecía molestarle, sólo me decía "!Ah... ya veo esos ojitos, rojos, muy rojos!" Yo me echaba a reír y después de una buena plática, la noche terminaba en el último acto.

Después viajamos a Jalapa, donde finalmente nos separamos. El dinero se había acabado, así que por primera vez trabajé. Fue ahí donde mi destino comenzó a erguirse.

Ganaba mis días tocando la guitarra en la Plaza Juárez del Centro de Jalapa. Mi boina verde servía para que la gente de la Atenas veracruzana, depositara sus monedas. No era mucho ni poco, eran unos 120 diarios y con eso me alcanzaba para comer y para un hotel de mala muerte.

No olvido Los Lagos de Jalapa ni a ella reflejada en sus aguas.


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