El Sol

miércoles, febrero 11, 2015

Escobar: la película

Por Pablo Aldaco / Dossier Politico
Dia de publicación: 2015-02-10

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Dicen los maestros más prestigiados de la actuación, que para ser actor se necesita ser una buena persona. El oficio de actor es uno de los que más respeto. La memoria, el guión, la lectura, la expresión corporal, todo un estuche de joyas que el actor debe encarnar en la ficción; la preparación y la resistencia psicológicas, el esfuerzo mismo; el cansancio que las escenas más difíciles provocan, el dormir poco, el tiempo que no se convive con la familia, y más. Ser un buen actor requiere de un múltiple desenvolvimiento de inteligencias y habilidades.

La película se llama Escobar, porque el nombre “Pablo”, sobra. Una enigmática portada de Benicio del Toro lo define todo. Un acierto de los genios del diseño, pero también del gigante actor, bastan para llegar a una sola tentación: ver la película. ¿No verla? Quizá sea una pérdida, según el ojo crítico de cada quién. Un anzuelo: el tema de las drogas en México es más que vigente. Corren tiempos de furia en el país y estamos, en definitiva, muy lejos de dejar de sufrir este problema que aqueja por parejo, tanto a pobres como a ricos.

La cinta, dirigida por  Andrea Di Stefano, relata con detenimiento y un ritmo medido en minuciosos minutos, de ésos en que uno difícilmente se aburre, la vida de uno de los más crueles narcotraficantes de la historia de una Colombia en derrumbe, pero en contraparte es también la historia de un padre de familia. Pero padre no sólo de esta última, de sus hijos, sino de gran parte de un pueblo al que “ayuda”. Espectaculares del más grande traficante de cocaína se dejan lucir en los pueblos más pobres. Una especie de “rockstar” conocido en todo el país latinoamericano, que da discursos como un político popular. Va a bordo de una camioneta abordo, firma autógrafos y un protocolo de seguridad lo rodea.

La historia se vuelve a repetir. Basta con recorrer y capturar en nuestra memoria casos como el de Caro Quintero, El Chapo, La Tuta y demás legendarios narcotraficantes mexicanos, algunos aún en funciones, otros ¿quizá en tregua? Seres “altruistas” amados por un grueso del pueblo, que ha sido apoyado económicamente por ellos. Polémicos por naturaleza, siempre polémicos, que han ofrecido hasta el pago de la deuda externa. Seres contradictorios, de un perfil psicológico complejo.

Es la historia de un canadiense, confundido por los “sudakas” con americano, a quienes les dice: “Ser canadiense no es lo mismo que ser estadounidense”. La desgracia: ser el novio de la sobrina del capo. La ventaja: el dinero sujeto al riesgo de la pérdida.

Un Comandante en Jefe del narcotráfico no es tonto y mucho menos ingenuo. Sabe lo que arriesga y lo que gana. Sabe, seguramente, que no saldrá vivo por las buenas. Pero el poder pasajero, mientras es experimentado, relega a segundo término cualquier consecuencia que pueda recaer en él y en sus más allegados: su familia, sus nietos, sus amigos, sus “seres queridos”.

Pero la tormenta se acerca y Escobar no tarda en ser la presa del propio Gobierno, con el que establece pactos, pero también le declara la guerra.

No siempre la máxima de “el que a hierro mata, a hierro muere” se cumple literalmente, pero en este caso algo así ocurre.

Un Escobar a veces resignado ante los embates y las amenazas, a veces ¡melancólico!, a veces humano, humano al fin. Valiente, cobarde, estratega, aguerrido, pero, resumiendo, más malvado que bondadoso. El egoísmo se impone siempre cuando el poder está de por medio.

Recomiendo que si la suerte corre mal y en cartelera ya haya expirado, compren o renten la película. 

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