El Sol

viernes, junio 27, 2014

De cuando conocí a Federico Campbell














Conocí a Federico Campbell cuando yo era un puberto de trece años en Hermosillo, el día en que recibió un homenaje en el Encuentro Hispanoamericano de Escritores Horas de Junio .

Una ocasión mi madre iba de conductora, el escritor de copiloto. Nos dirigíamos al Festival Cultural Alfonso Ortiz Tirado. Él, como buen narrador, con el arrojo ininterrumpido de su genio contaba cualquier cosa; no le paraba la boca; cada sílaba era un relámpago elocuente; pero se sabe que el de buena pluma puede hacer de un alfiler la joya más preciosa.

 Al mudarme de mi tierra natal a la ciudad de México, viví por un tiempo en la calle Juan Escutia de la colonia Condesa. Su hogar me quedaba a pie a menos de cinco minutos caminando. Fui a llevarle unos libros que me encargaron. Éramos, pues, vecinos. Acudí a su casa. Tomamos un café. Una casa de dos pisos en la calle de Jojutla. Si es que tiene algún librero en la planta baja, a mis ojos pasó desapercibido. En la segunda tiene una gran colección de libreros. Guardo en mi librero algunos libros de su autoría.

Federico era un trotamundos. Si no lo encontraba en Tijuana, lo encontraba en Álamos; en Rosarito, en Navojoa, en Obregón, o en cualquier lindero.

Una ocasión me encontraba cenando con un amigo en una conocida fonda de la calle Michoacán de la Condesa, donde venden hamburguesas. Restaba poco tiempo para acabar de comer cuando, en el momento justo lo veo caminar con un libro bajo el brazo y mi voz alcanzó a escucharla "!Federico! Enseguida, con la mirada extraña de alguien analítico, como si usara gafas, se dio cuenta quién le gritaba.
Sin pena ni gloria, como si en el mundo no existiera el espacio, el novelista se acercó a nosotros. Saludó. Se sentó y pidió una Coca Cola. Mi amigo no tenía ni idea de quién era Genaro García Luna. Casi de inmediato, como si no nos hubiéramos dicho "hola", comenzamos a hablar de política. En ese entonces gobernaba Calderón. Hablamos de este último y de Genaro García Luna. "Ese hijo de puta". Le hablé de Anabel Hernández, esa valiente periodista dedicada a denunciar a delincuentes de cuello blanco, entre ellos el mismo Genaro, desde luego. Le hablé de los libros que estaba leyendo. Entre ellos, uno de Bachelard. Se quedó extrañado, como si no supiera de quién se trataba. Después, con la mirada pausada, se acordó. Pues, digo... ¿cuántos libros no iba a conocer a referencia de un novato en el oficio de la lectura?

Federico tenía una gran destreza para recorrer cada recodo de la colonia Condesa. Armando Alanís cuenta que tenía una forma de narrar muy especial. Pasaba cerca de algún bar, restaurante, después de haber ido a adquirir algún que otro libro en el Fondo de Cultura Económica de la misma zona; sus colegas, sus admiradores lo llamaban. Él accedía a la invitación a cualquier diálogo. Un escritor que no discriminaba condición alguna. Es decir, un escritor rico.

Tengo un gran honor. El que Federico haya acudido en 2009 a uno de mis conciertos en el conocido Café 22, ubicado en la calle Fernando Montes de Oca de la Condesa.

Después de salir de camerinos, ya afuera, cuando el público había abandonado el recinto, aquel día en que sentí felicidad por el lleno total, Federico fue a su casa por un paraguas. Llovía a gota gorda. Como alguien a quien no le gustaba dar elogios, al volver, nada me dijo de cómo le pareció el concierto. Tiempo después publicó en mi página un comentario que decía: "Me declaro fan de Pablo Aldaco".

Federico "el memorioso", partió feliz de esta vida llena de suplicio. Federico el melancólico, el maestro del análisis, partió, pero quedan sus libros.  Sus libros son su vida eterna.

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