El Sol

miércoles, marzo 04, 2015

La perra Dylan

Escucho a mi perrita tomar agua con un ruido enternecedor, cuando en esta casa ya reina el silencio de noche y las luces de la música se han apagado. Otro día espera, al filo de la senda que conduce al día postrero.
Ella me hace sentir vivo. Cuando no está, mi reclamo es su regreso.
Cada que salgo de viaje, si es que no la llevo conmigo, ella sabe que estoy por irme en cuanto observa que hago mi maleta y una rara mezcla de melancolía y la sensación de una niña que va a poder hacer travesuras sin que su papá la regañe, se delata en su mirada inteligente.
Mi perrita, la famosa Dylan, es de raza caniche, negra. Me la regalaron un día en que no me lo esperaba y... no creo en la casualidad, con sus pelos llenos de paja. Era un día cualquiera en que compraba unas cervezas con los amigos en un supermercado. Salgo y de inmediato un señor y una señora de aspecto campesino, casi como ruego, por no poder tenerla en su hogar, me dicen:
-Por favor, joven, mírela, mire sus ojos. Llévesela.
Mi amigo insistía en que no. El suspenso ayudó a mi decisión.
-Sí, démela, pero démela ya, porque debo irme.
Dylan llegó a mi vida en un momento turbio para mis sentimientos.
Y a veces no me doy cuenta de que ella está, aún la saque a pasear, pero últimamente dialogo con ella. Le cuento lo que me pasa. Estoy seguro que no lo hago por ingenuo. Sé que los perros huelen el magnetismo de las palabras. Hay muchas formas de entendimiento. Los perros saben escuchar.

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