AMISTADES DESECHABLES, SOLEDADES COMPARTIDAS
Las relaciones comunicacionales a través de las redes digitales se han vuelto cada vez más frágiles. Imperan la falta de responsabilidad afectiva, el desentendimiento y un egoísmo muy propio de estos tiempos: tener acceso constante a la vida de alguien y, al mismo tiempo, retirarse sin costo emocional de la relación.
Son tiempos —como advirtió el sociólogo Zygmunt Bauman— de amores y amistades líquidas. Yo propondría una variación quizá más sintomática: amores y amistades escurridizos. No solo vínculos sin forma estable, sino relaciones que se escapan al menor roce, al mínimo esfuerzo requerido.
Hoy lo “cool” parece ser consumir la amistad y el amor a capricho, como si fueran productos cualquiera, desechables. Se ignora todo aquello que exige una mínima implicación emocional, una conversación que vaya más allá de lo inmediato o de lo superficial.
Lo que requiere tiempo, paciencia y presencia en los vínculos humanos empieza a parecer una reliquia de museo. En su lugar, se celebra lo efímero, lo corto, lo resumido, lo relampagueante: lo placentero, sí, pero no necesariamente lo honestamente disfrutable. Una forma de vida ruidosa, saturada y, paradójicamente, vacía.
La gran contradicción de estas costumbres es que, cuando el afecto no se cultiva de manera auténtica a nivel social y colectivo, la propia soledad termina por volverse compartida: ya no una experiencia individual, sino una condición conjunta.
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