El Sol

martes, septiembre 23, 2014

De mi amor cubano


Corrían tiempos de un acalorado séptimo mes del año. Era la segunda vez que visitaba Cuba. El capitán anunciaba con voz y acento cálidos, la hora y el tiempo de llegada. El destino: La Habana, para después, junto a una comitiva de artistas, viajar por tierra a Santiago.

Antes, el malecón refrescaba con aire entrañable mis augurios. Acompañado del mar y sus olas, como un poeta de otro tiempo, vaticinaba, elucubraba, pensaba en el futuro. En ese futuro compacto de pocos días en la isla. Nunca julio fue tan inolvidable.

Tu nombre era y es Ángel. Las Fiestas del Caribe comenzaron como el ruido de un barco que zarpa con enjundia por las aguas de ese mar de balsas y tormentas. El vapor de una nave convulsa se disipaba en el horizonte crepuscular de mi imaginación.

Siete noches bastaron para, ya en México, recibir una carta postal de tu parte, de esas a la antigua escrita a mano, pues tú no tenías acceso a otras vías de comunicación mucho menos románticas, por el régimen de tu tierra, por el romanticismo de la Revolución, por lo anquilosado del significado del tiempo; por... ¿qué se yo, mi bello y antiguo amor?

Tus ojos verdes y tu mirada limpia, andrógina. El primer día que te vi, me dijiste que pasé como un borracho desapercibido. No tenía tiempo para estar sobrio en tierras cálidas y el mojito se me había subido a la cabeza, pero aún podía bailar e intercambiar sonrisas. ¿Qué va a tener ese borrachín de alma desenfrenada? Era como si quisiera comerse el mundo a bofetadas.

Nos conocimos en La Casa del Joven Creador, ¿recuerdas?

Se dice que con un cruce de miradas basta para pescar el augurio de un amor. Y así fue aquella ocasión.

La segunda noche nos vimos en el mismo lugar. La ebriedad y el tufo eran menos notorios y más amigables. Y eso que llaman cordura encarnaba mis riendas. Te vi. Pesqué tu mirada. Platicamos. Me senté a tu lado. Hablamos. Estudiabas Historia del Arte. Yo, te dije, de profesión músico. Y la noche se fue haciendo más y más oscura y tú no tuviste más remedio que acompañarme con vasos y cervezas y mojitos. El humo del tabaco unía nuestras bocas. El primer beso, un beso rojo, apasionado. El segundo, el de la tranquilidad y la risa coqueta. Yo no debía marcharme sin saberte mío.

Al fin correspondiste y el hotel fue una fiesta. Tu piel mulata, tus discretos vellos, tu estética irresistible, dieron paso a las balas de mi caza.

Aquella noche fue eterna. Todos los del grupo compartían, pero mi habitación estaba sola. Así es, sola para nosotros, con una discreta terraza y los rugidos del león del Zoológico de San Juan, siempre amenazador.

Un día fuimos con Patricia y su pareja a una bella playa de aguas turbias que, cuando sumergidos, trataron de separarnos como un mar lo hizo. Beso a beso, el crepúsculo nos guiaba hacia caminos y parajes hermosos.

Y así fui viéndote por el triste y hermoso lapso de un año. Yo iba cada seis meses, hasta que terminamos por motivos de distancia, por motivos del amor mismo.

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